Lía llegó a mi vida cuando tenía aproximadamente un año y medio. Era una Weimaraner llena de energía, carácter y una personalidad imposible de ignorar. Pero también llegó con una historia: antes de llegar conmigo había pasado por dos hogares, y en el segundo, la devolvieron.
No porque no fuera una buena perrita. Sino porque muchas veces no sabemos comprender aquello que necesita ser comprendido. Los Weimaraner son perros intensos, inteligentes, activos, con una enorme necesidad de actividad, estructura y guía. Lía necesitaba todo eso. Y yo necesitaba aprender a ser su persona.
Apenas una semana después de que llegó a mi vida, comenzamos un proceso de adiestramiento. Durante seis meses, cada semana aprendíamos juntas. Yo aprendía a manejarla. Ella aprendía a confiar. Aprendíamos a leer su lenguaje corporal, a comprender sus necesidades, a establecer límites y, sobre todo, a conocernos.
Y en medio de ese proceso descubrí algo que cambiaría para siempre mi manera de verla:
Lía no era "solo un perro". Era mi compañera. Mi maestra. Mi familia. Mi conexión con la tierra.
Y, sin saberlo todavía, también sería la razón por la que años después existiría AMÜRA PET.
Una promesa
Cuando Lía llegó conmigo, yo sabía que ya había vivido el abandono. Y como especialista en inteligencia emocional, entendía algo que para mí era imposible ignorar: las experiencias dejan huella.
Así que le hice una promesa. Le prometí que no volvería a abandonarla. Que estaríamos juntas hasta el final.
No sabía cuál sería ese final. No sabía cuánto tiempo tendríamos. Pero sí sabía algo: mientras estuviera en mis manos, Lía tendría un hogar.
Y durante todos estos años he procurado honrar esa promesa.
Lía me enseñó a cuidar
Comenzamos a practicar hiking. Una vez al mes buscábamos un lugar nuevo. Lía siempre quería ir adelante — su nariz tenía vida propia. Todo había que olerlo. Todo había que explorarlo. Todo había que descubrirlo. Era —y sigue siendo— intensa, curiosa, valiente, terca, divertida y profundamente protectora.
Pero también se convirtió en mi refugio. En esos momentos en los que el mundo se vuelve demasiado ruidoso, Lía sabe encontrarme. Cuando estoy cansada, agobiada o sobreestimulada, muchas veces ella lo percibe antes que nadie. Y hace algo: me busca, me distrae, me activa, me devuelve al presente. Me aterriza.
Por eso siempre he dicho que Lía es mi conexión con la tierra. Mi maestra de vida.
Y entonces llegó el momento más difícil
Cuando Lía tenía ocho años sufrió un accidente muy grave. Tuvo una lesión en la columna que comprometió sus vértebras S1 y L7 y dejó de caminar.
De pronto, aquella perrita que corría, brincaba, exploraba y quería estar siempre al frente necesitaba que yo hiciera por ella aquello que durante tantos años ella había hecho por mí: sostenerla.
Vivió dos cirugías. La primera no tuvo el resultado esperado y, posteriormente, diversos especialistas que revisaron su caso determinaron que había existido una negligencia médica. Seis días después tuvo que volver a entrar a quirófano.
Y después comenzó una de las etapas más difíciles de nuestras vidas: rehabilitación, terapias, esfuerzo físico, esfuerzo emocional y también un enorme esfuerzo económico. Durante meses, prácticamente toda nuestra rutina giró alrededor de su recuperación — íbamos a terapia de lunes a sábado. Trabajamos fuerza, movilidad, coordinación, reeducación neurológica, y todo aquello que pudiera darle una oportunidad de volver a caminar.
Yo solamente tenía una prioridad: que Lía tuviera la mejor oportunidad posible.
Y Lía volvió a caminar
Después de aproximadamente tres meses de rehabilitación incansable, Lía volvió a caminar por sí misma. Después volvió a correr. Después volvió a brincar. Y poco a poco volvió a ser ella.
Algunos especialistas nos dijeron que su recuperación era extraordinaria considerando la gravedad de la lesión. Lía quedó con algunas secuelas, pero ninguna de ellas consiguió quitarle lo que siempre había sido: seguía siendo Lía. La misma perrita intrépida. La misma exploradora. La misma necia. La misma valiente. La misma compañera que había llegado a mi vida años atrás.
Y yo entendí algo que jamás olvidaría:
Cuando amas profundamente a alguien, cuidar deja de sentirse como una obligación. Se convierte en una decisión. Una decisión que tomas una y otra vez.
Entonces aprendí que nutrir también es amar
Con los años, Lía comenzó a presentar diferentes necesidades de salud, algunas relacionadas con condiciones propias de su edad y otras asociadas a características de su raza. Su alimentación tuvo que cambiar. Su suplementación tuvo que ser mucho más cuidadosa. También fue necesario recurrir a medicamentos y a atención veterinaria especializada.
Y fue ahí donde comenzó mi búsqueda. Quería entender. Quería aprender. Quería encontrar alternativas. Quería saber qué podía darle y, sobre todo, qué no debía darle. Porque descubrí algo que cualquier tutor responsable termina comprendiendo:
No todo lo que parece un premio es necesariamente adecuado para todos los animales.
Cada perro es diferente. Cada gato es diferente. Su edad, tamaño, condición corporal, alimentación habitual y estado de salud pueden cambiar completamente lo que resulta apropiado para ellos. Y mientras más aprendía, más evidente se volvía para mí la importancia de ofrecer opciones con responsabilidad.
No solamente algo bonito. No solamente algo delicioso. No solamente algo que compramos porque "les encanta". Sino productos elaborados pensando en su bienestar y con información responsable detrás.
Así nació AMÜRA PET
AMÜRA PET nació de algo mucho más grande que una oportunidad de negocio. Nació de mi deseo de extender hacia otros animales el mismo cuidado que durante tantos años he procurado darle a Lía.
Porque si Lía me enseñó algo, es que nuestros animales no son accesorios. No son una decoración de nuestra vida. No son "solo mascotas". Son compañeros. Son familia. Son maestros. Son parte de nuestra historia. Y, para muchas personas, son incluso ese lugar seguro al que regresamos después de un día difícil.
Por eso creamos AMÜRA PET. El nombre nació alrededor de una palabra que para nosotros representa el corazón de todo este proyecto: amor. AMÜRA representa ese amor que sentimos por ellos y que queremos transformar en acciones concretas — porque amar no es solamente abrazar. Amar también es observar, aprender, elegir mejor, cuidar, nutrir y proteger.
Por eso nuestro logotipo representa precisamente eso: un abrazo. Un abrazo que reúne a dos de los grandes protagonistas de nuestra historia: perros y gatos. Y nuestro propósito quedó resumido en una frase:
Amor que nutre, amor que protege.